sábado, agosto 06, 2005

La Plagioteca

La noche del viernes llegó a casa el "Diario de Dolor" de María Luisa Puga. Bomba de relojería que apenas al pulsar "play" en el reproductor lleno la casa de un ánimo que no era nuestro pero se fue instalando poco a poco como parte del mobiliario.

Puga es una asignatura pendiente en la que mi pareja me lleva una ventaja notable. Aldán insiste en que mexicanice mis lecturas. Venga el primer paso: el reconocimiento de una narrativa nacional de grandes aciertos, sin fuegos artificiales pero con la suficiente sustancia como para taladrar el ánimo y marcar senda. Elena Garro me espera al girar la esquina. Creo acercarme un poco más preparado.

Malentendidos

Soy la única persona en el mundo
que puede tener la certeza de que
mi gata Carlota se suicidó
por amor
El dueño
Que los gatos sienten, estoy seguro. Toda cosa viviente siente. Pero ¿planearán? ¿Tendrán capacidad de llegar a conclusiones y, de ahí, a decisiones?

Viéndola cruzar la habitación principal de mi departamento (un confortable salón, con divanes, buena iluminación que invita al recogimiento, luz juguetona durante el día, amplios espacios), viéndola cruzarlo con su paso mullido, indiferentemente elegante, impasible aunque atenta a todo sonido o movimientos, pero segura de sí, yo la sospechaba poseedora de un secreto clave. Vastísimo.

La creía más allá del sufrimiento; la intuía sabia por tanta reflexión (aparentemente indolente, pero concentrada, repleta de determinación). La envidiaba por su reconciliación con el universo; por su fatalismo optimista. Su vitalidad, que tenía tanto de muerte sana.

Me sobrecogí la primera vez que la vi acechar un insecto. Me quedé hipnotizado observándola. El universo suspendido. Sólo existía el espacio de la gata y el insecto…no: sólo existía el espacio de Carlota, dentro del cual estábamos atrapados el insecto y yo. El insecto en su inconsciencia; yo en mi estupor. Yo afuera y adentro, el insecto espantosamente adentro. Y Carlota acechando, acechando. Perfectamente inmóvil. Yo erizado del horror. Era como descubrirle otra cara. Una faz dura. Toda ella crueldad… ¿y se destreza, su elegancia, su reflexión? Sobre todo ¿su sabiduría?

El zarpazo fue fugaz, impecable.

Así conocí a Carlota y no tuve más remedio que seguir queriéndola.

Y tengo la certeza de que se suicidó por amor.


Lo vi tan seguro, tan gallardo, tan convencido de lo que era, era, sí; no había porque dar explicaciones. Pero ¿de dónde venía? ¿Qué lo había hecho? Y, lo más importante, ¿qué quería? No me pregunto si a mí. Obviamente se acercó porque me buscaba, pero yo no lograba ver qué quería más allá de una relación. Nosotros los gatos sabemos muy bien que la relación (con quien sea), el amo o el compañero, no es una meta. Es un elemento para ser más uno mismo. Yo, por ejemplo, se que quiero paz. Paz para oír mi vivir; para oír la vida de la que soy parte. Para entender lo que me resulta ajeno, distinto; este señor, por ejemplo, que me tiene en su casa y me llama Carlota y cree que me posee. Aunque lo dejó entrar, eso hay que admitirlo. Pero digo, ese señor me desconoce tanto como yo a él, y así y todo sabe que necesito un compañero. Respetó, pues. No puso ningún reparo a esta irrupción en nuestra vida cotidiana e incluso aceptó que se alterara. Sin entenderme, entendió que pasaban cosas en las que no se podía inmiscuir. Cosas que no podía evitar.
Por ese mismo respeto, o aceptación de la incomprensión, reconocí de inmediato que no podía pedirle ayuda. No me quejo. En estas cosas no es ayuda lo que se necesita. No es comprensión. Es sólo soledad acompañada. Saberse sufriendo en un rincón y no sentirse sólo.

No es que sucediera nada violento. Fue un entrar y salir con una misma gallardía hermética, que ahora, sólo ahora, me atrevo a calificar de pedante. Pero ¿no somos pedantes todos cuando andamos por ahí a tientas buscando lo que queremos (cuando es mero impulso, digo, cuando aún no sabemos lo que queremos)? ¿No fui pedante yo? Yo cuando le dije: lo que quiero es paz. Eso es lo que quiero. ¿No me habré visto mal?



Jamás comprenderá que no tiene derecho a decirme lo que quiere. ¿A mí por qué? ¿Pretende que salga al mundo y lo sacuda para que ella tenga paz, o qué? ¿Yo por qué? Lo que yo quiero es otra cosa. Quiero otra vida, no andar hurgando azoteas para ver por dónde me meto. O me dan de patadas, o me dejan entrar sin mayor problema, pero en ambos casos es igual: tengo que venir de alguna parte e irme pronto. O, como ahora, quedarme para siempre. ¿Y quien o qué lo impone? No ella, seguro. Otra cosa. Algo que ella no es y es al mismo tiempo. Se nota desde su pregunta: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Y qué importa, si todo empieza en el momento del encuentro. Ahí comienza todo, y si nos dejáramos vivir ese inicio de vida, a lo mejor encontraríamos la manera para que ella no estuviera encerrada en este salón, y para que yo no tuviera que entrar guardando la figura (porque ¿porqué he de someterme al papel de macho desesperado que sufre por su dama? Ella quiere tanto que venga como yo quiero venir), de no depender del liberalismo paternal de este sector, que la quiere, sí, claro que la quiere. Ella es su gata Carlota, pero no será jamás su compañero. Jamás va a saber responder por su infelicidad. Por más que gente como él invente alimentos muy nutritivos para gatos.

No se da cuenta: o es conmigo o no. Yo no puedo explicarle. Se tiene que arriesgar. Igual me arriesgo yo. ¿Cuántas azoteas no he cruzado ya? Venciendo el temor a todo: golpes, ridículo, hasta la muerte incluso. Para venir a ser recibido con un yo lo que quiero es paz. Pues no. Ni que fuera un agente de ventas que trajera un muestrario para ofrecer: ¿de qué color?

2 comentarios:

Justes dijo...

en efecto, boiler. apretar play en ese disco es adentrarte en la realidad del dolor.

Anónimo dijo...

Hola, te he encontrado buscando el cuento Malentendidos. Lo tuve hace unos años pero la casualidad o el descuido se lo llevó, cada que voy a México ,lo busco en librerías y bibliotecas y no hay forma de encontrarlo y en internet sólo esta el capítulo hasta donde tienes publicado. ¿Es posible que me pases el cuento completo?. Mi dirección es kalhuajbj@gmail.com