Corderos propiciatorios prefieren algunos. Danzas y cantos para convocar lluvias, ventajas, cosechas, victorias. Vigilias para ahuyentar los malos augurios de la batalla. Miel, grano y leche; carne, hueso y sangre; voluntad, pureza y vida.
Me inclino por la ofrenda que agradece lo otorgado, que da testimonio de lo concedido en la espera que no pide y acepta en una actitud que raya en la resignación pero que está más emparentada con la dignidad.
Dicha grande es recibir en gracia, ver correspondida la plegaria. Dicha mayor cuando el bien le es brindado a alguien más, distinto de uno: querido, respetado.
La ofrenda implica el rompimiento con la inercia, abrir las ventanas, poner en bandeja aquello de lo que mas nos cuesta deshacernos. Sirva el romper el silencio, sin más pretensión que rendir ofrenda por la gracia recibida (Aunque sea por alguien más. Precisamente por que la recibe alguien más.)
Alegrías ajenas, semillas que el viento esparce en el fértil surco de nuestra sonrisa.
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lunes, marzo 24, 2008
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